Madre Albertina Ramírez Martínez
ABDITA VIRTUS
La perla escondida de la mística nicaragüense contemporánea.
Fr. Jaime Valdivia Pinell, Real
CAPITULO I
ANTES DE SER RELIGIOSOS, PRIMERO HOMBRES
Fundamento antropológico de la espiritualidad albertiniana
No podemos negar que el ser humano ha entrado al siglo XXI inmerso en la crisis de las crisis respecto de su identidad antropológica. Este hombre deviene fragmentado y ha renunciado a las preguntas y a las respuestas fundamentales. Instalado en la finitud del presente, ha perdido los referentes trascendentes para quedarse situado en el inmediatismo de la inmanencia. La crisis antropológica actual hace del hombre de carne y hueso (Unamuno) un ser en exilio: ha renunciado a su núcleo ontológico para divagar en la periferia de sí mismo buscando una identidad que no encuentra en ningún lado. Materialista, hedonista y ególatra, el hombre del siglo XXI es la expresión de un “yo cerrado”, es decir, ególatra hasta el grado de negar toda posible alteridad. Es el hombre que con sus hechos y palabras niega al otro, a lo otro y al Totalmente Otro. En una palabra, el ególatra del siglo XXI termina negándose a sí mismo como resultado de su ruptura con la alteridad fundamental.
Madre Albertina vivió la fragmentación del hombre de la postguerra. Después de la segunda guerra mundial, el hombre europeo sufrió la aguda crisis generada por la caída de los valores de la sociedad occidental cristiana. De hecho, el signo de la postguerra fue el nihilismo. Como tal, el nihilismo se dejó sentir en la manera de ser de un hombre frustrado, solitario, cerrado en su miedo al futuro y sin horizontes trascendentes. Este nihilismo desembocó en los ateísmos existencialistas. Así, por ejemplo, J. P. Sartre llegó a afirmar que el hombre es una pasión inútil y que el infierno son los demás; por su parte M. Heidegger proclamó que el hombre es un ser para la muerte. En cambio, los existencialistas cristianos, o existencialistas abiertos, mantuvieron en medio de la crisis una apertura a la esperanza caracterizada por la apertura del yo al tu y al Tu Absoluto. En los tiempos que vivió Madre Albertina, Nicaragua se debatía en la búsqueda de su propia identidad antropológica: el hombre nicaragüense, golpeado por la naturaleza y por la historia, buscó recuperar la integración de su ser en una insipiente nicaraguanidad indefinida todavía por la falta de identidad histórica ante los acontecimientos políticos, económicos, ideológicos, culturales del “estado de cosas” establecido después de la segunda guerra mundial. Esta indefinición antropológica hizo que la joven Albertina Prudencia retomara de la gran tradición católica el camino de la interioridad para ser ella misma en Dios y para Dios. Esto es muy valioso, porque en tiempos de indefinición y de crisis antropológica global la salida del hombre es la de volver al interior, siguiendo el itinerario agustiniano de la interioridad que dice: “no vayas fuera, entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad”. De hecho, como veremos más adelante, la interioridad es la condición sin la cual es imposible recuperar al hombre como persona y comunidad.
Así, pues, el punto de partida de la espiritualidad albertiniana hunde sus raíces en una antropología fundamental. Los religiosos albertinianos estamos llamados a ser plenamente hombres a la manera de Jesús de Nazaret, quien con sus hechos y palabras “reveló el misterio del hombre al hombre” (GS 22). A la pregunta de todos los tiempos ¿quién es el hombre?, las antropologías filosóficas ofrecen un abanico de respuestas, desde la clásica definición aristotélica del hombre como un “animal racional y político”, hasta la respuesta de la moderna cibernética: “el hombre es un robot optimizado”; sin embargo, ninguna satisface semejante inquietud antropológica. El salmo 8 nos remite a la hondura del misterio humano, misterio que no se resuelve mediante la razón sino mediante la revelación: “¡Señor Dios nuestro! ¿Que es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para darle poder?” (Cf Sal 8).
La espiritualidad albertiniana, de profunda raíz agustiniana, alcanza su plenitud cuando Madre Albertina nos dice: “antes de ser religiosos, primero hombres”. Esto es así porque sin el fundamento de la humanidad, la espiritualidad se convierte en una ideología que no transforma la interioridad del ser humano. De hecho, esta espiritualidad humana parte del amor que Dios manifiesta por el hombre al crearlo a su imagen y semejanza y del profundo amor que Dios nos ha manifestado al tomar la decisión de hacerse hombre en Jesús, el Verbo Encarnado. Así, la encarnación (kénosis) es la clave de lectura para entender la intención de Madre Albertina: si somos hombres, elementalmente hombres, entonces podemos ser cristianos.
La gracia no anula la naturaleza, sino que la supone. La espiritualidad albertiniana nos exige hoy asumir con radicalidad el sentido profundo de Kénosis (Filp 2). Así como el Hijo Eterno del Padre se hizo hombre, en todo como el ser humano menos en el pecado, así los que seguimos a Jesús al estilo albertiniano debemos descender al terreno de nuestra humanidad para aprender de Jesús la lección antropológica fundamental: ser humanos, profundamente humanos, porque, como dice L. Boff, “humano como Jesús, sólo Dios”. Esta experiencia fundante de humanidad vivida por los cristianos de la primera generación los llevó a proclamar a Jesús de Nazaret, Crucificado y Resucitado, como Dios y hombre verdadero: Jesús es el “homo verus”. El revela el hombre al propio hombre. Y ser humanos como Jesús significa creer como él creyó (fe), esperar como el esperó (esperanza), y amar como el amó (caridad). Fe, esperanza y caridad: las tres virtudes teologales que articulan el ser y el hacer de la verdadera humanidad.
a) Fe:
La fe en Jesús no es una superestructura religiosa de creencias y ritos, sino, por el contrario, un “un modo de ser”. Fe en Jesús es ser “no como Dios sino a la manera de Dios”. En esto consiste el sentido teológico de ser imagen y semejanza de Dios. Ser a la manera de Dios exige la ruptura con todos los mecanismos personales e históricos de la soberbia auto-idolátrica, tentación que ha conducido al hombre, a lo largo de la historia: ser “dioses”.
En efecto, desde el pecado de origen, el ser humano ha manifestado ser proclive a la auto-divinización: “y serán como dios”. Cayendo en la tentación de la auto-divinización, el ser humano rompió sus relaciones con Dios, consigo mismo, con el otro y con la naturaleza. En esto consiste el drama del pecado de origen: en que el hombre auto-divinizado rompe con su relacionalidad fundamental y se encierra en su “yo egoísta”: “y Caín mató a su hermano Abel”.
El fratricidio original viene a ser la expresión dramática de la auto-idolatría humana. Desde entonces el hombre ha sido “lobo para el hombre” (homo homini lupus). Esta dolorosa realidad la detectamos en la vida cotidiana en la manera como el hombre organiza su convivencia en la familia, en el trabajo, la sociedad, etc. basta con observar lo que un aspirante a la vida religiosa muestra en la convivencia diaria para tomar conciencia de la egolatría (= idolatría del yo) que anida en el subconsciente. De esta manera vemos que el primer pecado, como ruptura, hizo del ser humano un ser en el exilio de su verdadera humanidad.
Optar por el modo de ser de Dios es un camino de fe que nos conduce a vivir según su voluntad. Es un camino de conversión: pasar del hombre viejo al hombre nuevo, esto es, de la matriz del hombre viejo (el egoísmo) a la matriz del hombre nuevo (el amor). Este es el mayor milagro que puede ocurrir en la historia de la salvación atestiguado por la Escritura Santa.
Fe, entonces, es un modo de ser a la manera de Dios que da origen al hombre nuevo eminentemente comunitario.
b) Esperanza:
La esperanza en Jesús no es algo estático sino una realidad dinámica. No es esperar que todo caiga del cielo como por arte de magia. Por el contrario, la esperanza en Jesús es la expresión cualitativa del dinamismo histórico del hombre bíblico. El hombre bíblico es un ser en camino, un caminante que hace camino al andar como dice el poeta A. Machado, un “homo viator” según la feliz expresión de G. Marcel. San Agustín, en el siglo IV, expresó magistralmente este dinamismo del ser humano en el frontispicio de sus Confesiones: “Nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (Confs. I, 1,1). En efecto, el hombre sólo encuentra su descanso en Dios. El plus de la esperanza bíblica es Dios. Dios es la razón de ser y el sentido del ser humano. Podemos afirmar entonces que “el misterio del hombre hunde sus raíces en el misterio de Dios”. San Agustín dice: “Dios es más íntimo que nuestra propia intimidad y más trascendente que nuestros conceptos sobre la trascendencia”. En consecuencia, al margen de Dios el hombre deviene inhumano. La inhumanidad es la evidencia personal e histórica del hombre des-centrado. Un hombre sin Dios es aquel que no encuentra sosiego. Un hombre sin Dios es capaz de lo inhumano.
Si la vida es una constante búsqueda de Dios, el ser humano verdadero es un “cor inquietum”. El “cor inquietum” hace del ser humano un “homo Spes” (un ser de esperanza). De tal manera que si nos instalamos en la finitud del presente, en la inmediatez de la inmanencia y si renunciamos a las preguntas y respuestas fundamentales, caeremos en una existencia inautentica como dice K. Jasper, o en la nada (J. P. Sartre).
Jesús fue obediente a la voluntad del Padre. Vivió a la escucha de la Palabra, como el oyente de la Palabra por excelencia. De hecho, K. Rahner define al hombre bíblico como el oyente de la Palabra. El oyente de la Palabra obedece: “ob-audire”, esto es, estar a la escucha de la voluntad del Padre para vivir según su voluntad. Esta actitud de obediencia hace del ser humano un inquieto buscador de la Verdad: “Busque el Reino de Dios y su justicia y lo demás les será dado por añadidura”, o como bien dice San Agustín: “lo importante es buscar para encontrar y encontrar para seguir buscando”.
Así, el itinerario antropológico de Jesús de Nazaret consistió en proclamar la irrupción inminente del Reinado de Dios. Él no se predicó a sí mismo, ni al Dios del Reino, sino al Reinado de Dios y vivió en función de ese reinado. En Jesús el servicio al Reino se realiza en clave de esperanza histórica y escatológica. En este sentido, Jesús es el “homo Spes”. En él descubrimos la siguiente novedad teológica y antropológica: que el proyecto de Dios no anula el proyecto humano, y que el hombre que hace la voluntad de Dios es más humano.
c) Amor:
El amor en Jesús es el núcleo ontológico de su existencia. Lejos de ser un amor teórico a la manera platónica, es su realidad constitutiva, un existencial antropológico. El amor en Jesús es su proexistencia: ser para los demás. En esto consiste amar: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. A partir de Jesús de Nazaret la definición del hombre no se centra en la racionalidad sino en la capacidad de amar: no en el “cogito ergo sum” cartesiano, sino en el “amo, luego existo” del crucificado y resucitado. No se refiere aquí a una oposición irreconciliable entre la razón y el amor. Se refiere a la humanización de la razón por la fuerza transformadora del amor.
Por la hegemonía de la racionalidad el hombre ha consolidado en la historia su egolatría y su dominación del hombre por el hombre (ciencia y técnica al servicio de intereses de poder); en cambio, por la fuerza transformadora del amor crucificado y resucitado, Jesús de Nazaret restableció la relacionalidad fundamental rota por el pecado de origen, para construir la nueva humanidad, amorizada, comunional, comunitaria, fraternal, sororal, solidaria. Así, la matriz del hombre nuevo es el amor fundamental: “amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Y este hombre se expresa en relaciones y estructuras conviviales, fraternales y sororales. Solo entonces nace el “homo verus”, condición sin la cual es imposible construir la fraternidad. Este es el sentido profundo de la intuición de Madre Albertina: “primero hombres y después religiosos”. En una palabra: la verdadera humanidad es fuente de la autentica fraternidad. Con otras palabras, el seguimiento de Jesús se constituye en el nacimiento del “homo verus” que desemboca en el ser humano cristificado.
Monasterio Albertiniano
Inmaculada Concepción de María
Estelí, Nicaragua, América Central