Itinerario Espiritual de Madre Albertina Ramírez y sus diversos contactos con la Regla de San Benito de Nursia















Hablar de la espiritualidad de Madre Albertina hoy, nos remite sin mayores obstáculos a la regla compuesta por San Benito de Nursia en el año 550. Entre los valores que sin ningún problema hallamos en ambas maneras de pensar, encontramos el silencio, la oración continúa, el amor a la Cruz, la obediencia, la humildad, la vida ascética, la meditación de la Palabra de Dios, el amor a Dios, etc. Tanto la regla de San Benito como el itinerario espiritual de Madre Albertina, es toda una codificación práctica del Evangelio para el monje y para la comunidad de hermanas. Hemos de tener presente, que la regla de San Benito trata ante todo de una escuela del servicio divino. Por lo que en ningún momento se pretende establecer nada duro ni penoso. De igual manera, la espiritualidad de la Sierva de Dios, se identifica plenamente con el camino propuesto por San Benito en su regla. Vamos a destacar las diversas maneras en que ambos retomaron las diferentes vías para llegar al mismo fin.

Primeramente hemos de destaca, que nuestra Madre nos propuso tres medios muy importantes de los cuales nace todo su modo de ser pneumático; ellos son la Oración, la Acción y el Dolor (Ora, labora et Passio-Resurrectio), los cuales nos remiten a la función Sacerdotal, Profética y Real de Nuestro Señor Jesucristo, así como de todo bautizado.

San Benito por su parte, hablando a sus monjes acerca de la oración, les hacía ver que la alabanza divina es una solemne manifestación de fe y trato personal con Dios. Por ese motivo les enseñaba que como parte fundamental de los instrumentos de las buenas obras que el monje debía practicar, estaba el “darse con frecuencia a la oración” . Reconociendo a diario en ella los pecados pasados con lágrimas y gemidos. Para que ello no fuese un simple deseo, mandó a sus monjes a practicar la oración comunitaria siete veces al día . Sin embargo, dicho modo de salmodiar habría de caracterizarse por el hecho de hacer concordar nuestra mente con la voz ; guardando además la reverencia debida en la oración.

Madre Albertina por su parte, cultivó una intensa vida de oración, buscando en todo hacer la voluntad de Dios. Recordemos que sin la oración no hay ni voluntad de Dios ni obediencia. Es por eso que para ella la oración no era algo abstracto, ya que el fruto de la oración era crecer en el amor . Además, el fruto de la oración es la acción, la cual brota hacia una actividad amorosa. Para lograr todo ello, Madre Albertina utilizaba y recomendaba el uso de jaculatorias, lo cual recuerda la más pura tradición monástica; la cual recomendaba el uso frecuente de las mismas para alcanzar así la oración continúa.

Acompañando a lo anterior, vemos en Madre Albertina su opción fundamental por el ejercicio del silencio, el cual la dotó de una profunda paz interior. Cuando el silencio no era posible en el convento de las hermanas decía: “no se me hace Cristo Rey”. Madre Albertina se preocupaba de que las hermanas progresaran en el camino del silencio; pues estaba convencida de que el silencio es necesario para poder entrar a la Experiencia Mística.

La pedagogía albertiniana del silencio, estuvo transida toda ella de la ascética del silencio. Para nuestra Madre, el silencio auténtico es expresión de una gran caridad y tiene su comienzo en el pensamiento, pues la palabra superficial y vacía pone obstáculos con sus ruidos al trato con Dios, siendo pues su práctica muy necesaria para el desarrollo de la vida de oración y el crecimiento de la vida interior. Madre Albertina no solo dedicaba a la oración un determinado momento del día, sino que vivía en continúa oración, alabanza y ofrecimiento a Dios, aun en medio de sus ocupaciones diarias. Dicha práctica se prolongaba inclusive por la noche, siendo ella el momento preferido para el retiro y la oración, ya que le proporcionaban un ambiente de mayor recogimiento para el diálogo amoroso con Dios; evocando así la espiritualidad de los eremitas del desierto.

También San Benito, en su regla, se refiere a la práctica del silencio, enseñándonos la alta estima en que se había de tener . Inclusive se refiere a él como uno de los grados necesarios para llegar a alcanzar la humildad .

La Acción como resultado de su continúa vida de oración.

El quehacer diario de Madre Albertina, hallaba su razón de ser en la frase del apóstol San Pablo, que en 1 Cor 10, 31 nos dice: “Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa hacedlo todo por la gloria de Dios”. Y en Col 3, 17 añade: “Todo cuanto hagáis de palabra y de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él”. Y es que aunque muchas veces estaba privada de los medios ordinarios de la acción, que son la palabra y las obras, Madre Albertina nunca dejó de actuar y tal vez más eficazmente que nunca, pues como les decía a sus hermanas cuando no las podía acompañar: “Yo voy con cada una de ustedes a la misión, porque las acompaño con mi oración y sacrificios”. No olvidemos que la Madre encontró el secreto de su vivir para Dios en la oración , siendo una cristiana de profundo trato con Dios. Recordemos que Madre Albertina decía: “El misionero si no es contemplativo, no puede anunciar a Cristo de modo creíble, es decir que si no tiene a Dios, no tiene nada que dar” .

De manera semejante, San Benito encomendaba a sus monjes la necesidad de no estar ociosos, ya que la ociosidad es enemiga del alma . También nuestra Madre compartía dicha manera de pensar . Ciertamente que la forma de practicar la acción o el apostolado, asume formas distintas, pero ambas comparten el mismo fondo común.

Recordemos que el tipo de vida de las Siervas Misioneras de Cristo Rey, es de tipo activo, mientras que el actuar de los monjes que se rigen por la regla de San Benito, raya muchísimo con la vida contemplativa. Sin embargo, debido a la preponderancia que ambos conceden a la oración y el silencio, pues es indudable que comparten elementos comunes, por lo que ambos están llamados como decía la Madre: a exhalar el buen olor de Cristo .

El Dolor como tercer medio para la extensión del Reino.

El dolor es para Madre Albertina un medio para el ejercicio de la compunción de los pecados, la contrición de corazón por haber ofendido a Dios, el uso de penitencias corporales así como también las penas ocasionadas por toda clase de sufrimientos. Es por todo ello que en la espiritualidad albertiniana, el dolor tiene un carácter altamente apostólico por el reino de Dios, lo cual es totalmente contrario a los valores imperantes en el mundo actual, tal y como ha sido señalado por el Papa Benedicto XVI, en su homilía en la Misa: “Pro eligiendo al Romano Pontífice”, celebrada el 18 de Abril del 2005.

No podemos concebir a la oración y a la acción , sin que necesariamente confluyan en el dolor, el cual se convierte así en una manifestación plena de obediencia, renuncia a uno mismo y a la entrega total por la construcción del Reino. Cabe señalar que lo anterior en ningún momento raya o se puede confundir con el masoquismo, el cual es la obtención de placer mediante el dolor físico. La dimensión cristiana del dolor, en ningún momento se convierte en una alienación o evasión del sufrimiento, sino todo lo contrario. El ejemplo de nuestro Maestro es totalmente elocuente. Toda su vida terrena estuvo totalmente transida por la humillación, o utilizando el término usado por San Pablo, fue una kénosis; con toda la connotación de dolor que ello supone.

También San Benito en su regla, nos propone ésta dimensión del dolor. En su segundo grado de humildad, así como en el cuarto y el sexto, les recuerda a los monjes la necesidad de no hacer la propia voluntad, así como de amar las situaciones difíciles, ingratas e incluso hirientes; contentándose con lo despreciable y lo último .

Otro aspecto compartido tanto por Madre Albertina como por San Benito, es el relacionado con la puesta en práctica de la obediencia. Según el pensamiento de nuestro padre, la obediencia era importantísima, pues constituía por sí misma el primer grado de humildad, sin embargo para que ella fuese acepta a Dios y dulce a los hombres, habría de caracterizarse por ejecutarse sin temor alguno, sin tardanza, sin frialdad, sin murmuración y sin protesta; teniendo presente que a quien se obedece es a Dios mismo, el cual como dice en su evangelio: Vino no para hacer su voluntad, sino la voluntad de quien lo ha enviado .

Unido estrechamente a todo lo señalado anteriormente, encontramos entre los avisos y consejos de nuestra Madre, así como en la regla de nuestro padre San Benito, todo lo relativo con la puesta en práctica de la Lectio divina. Hablándoles a las Superioras, nuestra Madre les recomendaba lo siguiente: Tengan especial cuidado en que se haga con puntualidad y devoción la meditación, lecturas espirituales personales y lecturas espirituales en el comedor… . Por su parte, la regla de San Benito dice: “No debe faltar la lectura mientras comen los hermanos” . Además dice: “El domingo todos se dediquen a la lectura, excepto los que estén encargados de algún servicio” . Y entre los diversos instrumentos de las buenas obras, aconseja: “Oir con gusto lecturas santas” .

Cabe señalar que todas las personas de profunda vida interior, que han existido a lo largo de la historia de la Iglesia, han mostrado una gran estima por la Lectio divina. Así, Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, en el libro de su Vida, así como en las terceras Moradas; nos dice que era amiga de buenos libros, pues le daban fuerzas , y en el texto de sus primeras Constituciones, enseña la necesidad de tener una hora diaria de lición (lectura) .

Pasemos ahora a detenernos en lo que Madre Albertina nos dice en relación al amor a Dios que se debe tener. Para ello haremos referencia a lo que la Santa Madre Teresa de Jesús, decía en su libro Camino de Perfección a sus hermanas: “Y como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí de todo, hasta que nos damos del todo (esto es cosa cierta, y porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces), ni obra en el alma, como cuando del todo, sin embarazo, es suya.”
Pareciera que esas palabras, guiasen el modo de ser de Madre Albertina, y es que hemos de recordar que el amor a Dios se alimenta en la oración . Siendo por lo tanto Madre Albertina, una mujer de intensa vida de oración, a como hemos señalado anteriormente, es perfectamente lógico que su amor a Dios (en grado heroico), se manifestase ante todo en un ardiente deseo de agradarle, aun en medio de grandes dificultades, para que se cumpliese así su santa voluntad . San Francisco de Sales nos enseña que una manifestación inequívoca del amor a Dios, es la conformidad heroica con la Voluntad Divina. El padre Garrigou-Lagrange nos dice que “la señal más cierta de la caridad heroica hacia Dios, es el amor a la Cruz, que nos conduce a la paciencia y a la conformidad con la divina voluntad” . Madre Albertina lo resumía diciendo: “quiero ser una cruz viviente por tu amor”. Terminemos pues diciendo que la habitual contemplación de la cruz y el amor a Jesús crucificado, fueron el pensamiento dominante y el sentimiento preponderante de la espiritualidad de Madre Albertina.

De manera muy parecida, San Benito enseñaba a sus monjes que entre los instrumentos de las buenas obras que se deben guardar, figura ante todo: Amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y al prójimo como a ti mismo; no anteponer nada al amor de Cristo .

Finalmente, vamos a señalar algo que se encuentra a la base de todo lo anterior, y que a la vez se constituye en el culmen de toda vida interior. Es lo que nuestro padre San Benito llama: “Negarse a sí mismo para seguir a Cristo. Castigar el cuerpo, no darse a los placeres, amar el ayuno” .

En el caso de Madre Albertina, tanto su fortaleza como templanza fueron evidentes. Nunca demostró cansancio ni impaciencia. En ella fue continúo el ejercicio de la mortificación, tanto exterior como interior. Era moderada en el comer y siempre ejerció el dominio propio .