La Oración, la obediencia y la conformidad a la Voluntad de Dios a lo largo de la historia y de modo particular en la vida de Madre Albertina.





Es una constante en la vida de todos los santos, su profundo anhelo por hacer la voluntad de Dios, la cual reviste muchísimas formas pero siempre conlleva un morir a los propios planes o maneras de pensar. Esto nos lo expresa muy plásticamente el obispo y doctor de la Iglesia San Anselmo de Canterbury (1034-1109), quien en su libro Proslógion nos dice: “Dios, te lo ruego, quiero conocerte, quiero amarte y gozar en Ti. Y si en esta vida no puedo conseguirlo plenamente, que al menos pueda acercarme un poco más todos los días a esa plenitud”. Esto supone todo un proceso de identificación cada vez más plena con Él, pero a como nos dice Chiara Lubich en su libro Cristo a través de los siglos: “No hay que imitar a los santos superficialmente, sino obedeciendo, como hicieron ellos, la voluntad de Dios. ¡Qué diferentes eran entre sí, pero cuánto se parecían en el cumplimiento de la voluntad de Dios!”.

Cabe decir que en la medida que dicho proceso de cristificación se opera en el ser humano, éste se siente otro hombre. Esa fue la experiencia de San Ignacio de Loyola, así como de tantos otros santos. Dicha comunión plena con Dios hace que se tenga una comprensión de todas las cosas completamente distinta de la que hasta ese momento se haya podido tener. No hemos de imaginarnos ese cambio como la transformación que se opera en el capullo que se convierte en mariposa. Eso nos recordaría la doctrina maniquea . A lo que sin ningún temor podemos atribuir dicha transformación, es al método agustino de la interioridad o inmanencia, pues en la medida que descendemos a lo más hondo de nosotros mismos, más profunda es nuestra relación con Dios .

Ya San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia (378-444), en su libro 10, 2 comentando el evangelio de San Juan, nos dice que: “La adhesión de los que se allegan a la vid, es una adhesión de voluntad y de propósito…”, ya que como dice el Apóstol “…el que se une al Señor, se hace un solo espíritu con él” .

Las páginas que siguen a continuación, pretenden llenar un enorme vacío que tanto la Congregación de Siervas Misioneras de Cristo Rey, como los Religiosos Albertinos padecemos. Dicho vacío tiene su origen en el hecho de que nuestra Madre, no nos dejó casi nada escrito acerca de la profunda y recia espiritualidad que impregnó toda su existencia terrena. Ciertamente que acometer dicha empresa supera grandemente nuestras fuerzas, sin embargo, pidiéndole luces al Espíritu Santo, tras haber leído exhaustivamente lo que sobre ella se ha escrito, enriqueciéndolo con el testimonio de otros santos y escritores y con el deseo de ser lo más fieles posibles al carisma de nuestra fundadora; damos inicio a tan ambiciosa tarea, apoyados en el hecho de que quien ha inspirado esta obra buena, Él mismo la llevará a término.

I.- Antecedentes Escriturísticos e Históricos


La historia de la salvación, que se inicia con nuestro padre Abraham, es toda ella un compendio de la aceptación plena de la Voluntad de Dios, así como un completo abandono a los planes de la Divina Providencia. Puesto que sería demasiado largo detenernos en cada uno de los personajes que la Sagrada Escritura nos presenta, nos fijaremos en la actitud de seis personajes ampliamente conocidos por todos nosotros.
El primero de todos ellos lógicamente es nuestro padre en la fe Abraham. En la vida de este hombre no sólo es digna de notar la grandiosidad de su fe en las palabras que Dios le dice, sino que además vale la pena destacar su obediencia plena a la llamada de Dios, así como su completo abandono en la Divina Providencia.

Ciertamente que todo ello no es sino la concreción de su fe, pero no basta simplemente clasificar la vida de este hombre bajo el prisma de la fe. El libro del Génesis contiene la vida entera de este personaje, pero nos limitaremos únicamente al estudio del capítulo 22 de dicho libro, el cual nos presenta el ejemplo culminante de la fe de Abraham. Cabe destacar en dicha narración la obediencia ciega de Abraham al mandato de Dios, vv. 2-3; así como su confianza absoluta en la Divina Providencia vv. 7-8.

Otra figura que no podemos obviar, es la de Moisés, tanto por su obediencia absoluta en hacer la voluntad de Dios Ex 10, 14; como por dar a conocer al pueblo fielmente lo que Dios quería de ellos (ver todo el libro del Éxodo y Deuteronomio).

Veremos sucintamente ahora otra figura que se destaca mucho en la historia de la salvación. Dicha figura corresponde a la del rey David. Una muestra de que atribuía a Dios todo cuanto le acontecía, bueno o malo, la encontramos en 2 Sam 16, 5-14; así como en el salmo 119, pero especialmente en el versículo 108. La razón por la cual David encontró gracia a los ojos de Dios, la encontramos en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se nos dice: “He hallado a David, varón según mi corazón, el cual cumplirá todas mis voluntades” (Hch. 13, 22); porque tenía su corazón rendido y sujeto al corazón de Dios.

Siguiendo nuestro recorrido por la historia de la salvación, destacaremos ahora a un personaje por todos conocido. Nos referimos a la figura de Job, el cual cuando recibió la noticia de que había perdido todos sus bienes, no maldijo a Dios, sino todo lo contrario; a como lo vemos en el capítulo 1, 21 de dicho libro. Esa actitud de Job no sólo se produjo cuando perdió todos sus bienes materiales, sino incluso también cuando fue atacado por una enfermedad en su propia carne, llegando incluso a responderle a su esposa que lo incitaba a que maldijera a Dios: “Hablas como una necia. ¡Resulta que estamos dispuestos a recibir de Dios lo bueno y no lo estamos para recibir lo malo!” (Jb 2, 10). Finalmente Job llega a decir: “Antes te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos” (Jb 42, 5).

Vamos ahora a centrarnos en la figura de uno de los profetas cuyas palabras son siempre actuales. Estamos refiriéndonos al profeta Oseas, quien a través de sus escritos pone de relieve que lo que Dios otorgará a Israel en la nueva alianza que establezca con él, serán las disposiciones interiores que el pueblo necesita para que sea fiel a dicha alianza. Pero la cuestión no acaba ahí, sino que recalca que dicho amor de Dios hacia su pueblo, reclama de parte del hombre una respuesta, la cual según la nota exegética de la biblia de Jerusalén (Os 2, 21b) es el don del alma, la amistad confiada, el abandono, la ternura, la piedad, en una palabra, el amor que se traduce en una alegre sumisión a la voluntad de Dios y en la caridad con el prójimo.

Para finalizar nuestro recorrido por el Antiguo Testamento, nos detendremos en otro profeta que levanta su voz contra la falsa confianza de aquellos que por saberse miembros del pueblo elegido y amado por Dios entre todos los pueblos de la tierra, descuidaban la responsabilidad que ello suponía (Am 3, 2); por lo que el profeta llega incluso a elevar su voz contra el culto exterior (Am 5, 21), es decir, la hipocresía religiosa que llega incluso a descuidar lo más auténtico de la fe: la sumisión y aceptación plena de la voluntad de Dios.

Pasamos ahora a detenernos en las enseñanzas que Nuestro Señor nos vino a dejar en el Nuevo Testamento. Entre todas las cosas que Cristo nos enseñó, una de las más principales fue el que tuviésemos entera conformidad con la Voluntad de Dios en todas las cosas. Precisamente esa fue una de las peticiones que nos enseñó en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” . El evangelista San Juan pone de relieve que Nuestro Señor Jesucristo, no bajó del cielo para hacer su voluntad, sino la voluntad de quien lo envió ; también nos dice que el alimento de Jesús era hacer la voluntad de aquel que lo ha enviado y llevar a cabo su obra, así como el hecho de no buscar su voluntad, sino la voluntad de quien lo había enviado . Finalmente, el evangelista San Mateo nos señala que en la oración de Jesús en el huerto, la noche en que iba a ser apresado, oró así: “Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tu” .

En este amplio recorrido que haremos, no podemos dejar a un lado el ejemplo que nos legó la más perfecta discípula de Jesús, a como nos decía el inolvidable Papa Juan Pablo II .

El evangelista San Mateo, nos presenta la alabanza más hermosa salida de los labios de Jesús hacia su madre. Cuando le informan que su madre y sus parientes le buscaban fuera, Jesús responde: “…todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” . Lo cual hace referencia explícita al “Fiat voluntas Tua” que la Virgen pronunció en el momento de la Anunciación.

Desde los inicios de la vida monástica, vemos que se atribuía una gran importancia a la guarda de la Voluntad de Dios. Del Padre de los monjes, San Antonio abad (251-356), se dice que: “…todos los días se esforzaba por presentarse ante Dios como se debía: con el corazón puro y dispuesto a obedecer únicamente su voluntad” . De igual manera San Agustín (354-430), obispo y doctor de la Iglesia, en su libro de Las Confesiones, nos revela de dónde proviene en último término el pecado. En el hecho de que el alma mande al cuerpo e inmediatamente éste le obedezca. Mientras que cuando el alma se manda a sí misma ella no obedece, siendo la razón de ello el hecho de que no quiera totalmente obedecer lo mandado. De aquí se infiere que mientras nuestra voluntad no se identifique plenamente con la voluntad de Dios, no podrá cumplir sus mandatos . He ahí la causa por la que San Pablo llega a decir: “…aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros” .

También San Benito de Nursia (470-546), patrono de Europa, en la famosa Regla que escribió para sus hijos, los llama a todos a “aborrecer la propia voluntad y obedecer en todo los mandatos del abad” . A la vez nos dice que: “El segundo grado de humildad consiste en no amar la propia voluntad, ni satisfacer sus deseos” . Vemos pues que no hay otro camino para alcanzar la santidad, que el aborrecimiento de la propia voluntad. No en el hecho de que mediante el recto uso de la inteligencia y la voluntad, el hombre pueda entablar activamente una relación con Dios, sino en cuanto tiene de propia.

En perfecta sintonía con lo anterior, San Columbano abad (543-615), conocido ampliamente por la severidad de su ascesis, propia de su tiempo, presenta a los monjes y a los laicos una espiritualidad simple y decidida, partiendo del hecho de que: “Si el hombre usa rectamente las facultades que Dios ha concedido a su alma, será semejante a Dios” . “Él desea que todos los hijos de Dios posean la verdadera paz y la plena caridad, gracias a la concordia de sus costumbres y sobre todo de su voluntad” . No obstante en otro lugar afirma que para alcanzar la perfecta unanimidad, es preciso seguir a Cristo crucificado. Éste será precisamente uno de los pilares de la herencia espiritual dejada por nuestra Madre, a como veremos más adelante.

Por lo demás, no podemos pasar por alto las enseñanzas de San Bernardo de Claraval, abad y doctor de la Iglesia (1090-1153), quien llegó a afirmar en uno de sus sermones que “La suma felicidad que gozan los espíritus bienaventurados consiste en que la voluntad divina se ha hecho una con ellos” . A la vez nos explica que hay tres impedimentos por los cuales el hombre se ve imposibilitado de cumplir la voluntad de Dios. El primero de ellos nos dice que radica en la flaqueza de este cuerpo corruptible, la cual impide que nuestra voluntad pueda juntarse con la divina. El segundo impedimento está en la concupiscencia que el ser humano posee, por la cual nos derramamos en varios e insaciables deseos. Por lo cual propone reprimir la concupiscencia con la templanza, pues es el único remedio que hay, posibilitando que se pueda dar entonces alguna unión, aunque imperfecta .

Finalmente nos dice que otro impedimento que los hombres poseemos para cumplir la voluntad de Dios, radica en la ignorancia de la misma. Por eso hemos de pedirle al Señor con todas nuestras fuerzas que nos aumente la prudencia, para que más y mejor conozcamos su voluntad y sepamos lo que le agrada en todo tiempo. Continuando con el mismo tema, San Bernardo, en su Tratado del amor a Dios nos dice: “¡Oh intención pura y desinteresada de la voluntad! ¡Tanto más pura y desinteresada aparece, cuanto menos mezclada va de todo interés propio. Amar así es estar endiosado!” .

A continuación vamos a poner nuestra atención en las enseñanzas del dominico Juan Tauler (1300-1361), quien fue de los místicos del Rin el más conocido y venerado por los maestros espirituales del Occidente cristiano. Lo primero que nos recuerda, es que de la obediencia nace la negación de la propia voluntad y propio parecer, ya que solo el verdadero obediente puede dejar su propia voluntad en las manos y a disposición de otro, pues se pueden hacer las obras exteriores reteniendo el propio querer encerrado . También nos dice que no hay cosa alguna que Dios aborrezca tanto como la propia voluntad. Por tanto a quien menos tiene de propiedad a este ama Dios más, y más es a Dios semejante y más dispuesto a cumplir lo que a Él le agrada .

Además nos dice que si codiciamos poseer humildad o caridad, o cualquier otras virtudes, hemos de quererlas poseer con todo nuestro corazón. Ninguna cosa extraña te las podrá quitar de las manos, ni Dios te las quitará si tu voluntad persevera juntamente con la suya. La voluntad del hombre conforme a la de Dios y deificada es la que todo cuanto quiere lo quiere puramente por la gloria de Dios . Continuando siempre hablando de la voluntad perfecta y derecha que es aquella que ninguna cosa tiene mezclada de amor propio y respeto de sí, Tauler nos dice que: “con tal voluntad ninguna cosa te es imposible, ora sea amar a Dios ora cualquier otra obra. Incluso conviene saber que si alguno codicia tener tanta santidad cuanto tuvo el mayor de los santos, no por eso luego la tendrá. Mas tan santo será como grande es su voluntad y cuan enderezada a Dios. Donde si tanta y tan perfecta fuese en la voluntad cuanto fue la de algún santo, igual sería su santidad a la del perfectísimo de los santos. La cual, aunque mucho la codicie, no alcanzará sin igual perfección de amor y voluntad” .

II.- Desarrollo de dicho planteamiento.

Todo pareciese indicar que la raíz o base sobre la cual se sustenta la negación de la propia voluntad, fuese un mero masoquismo o simplemente el producto de una determinada manera de pensar o filosofía que conocemos con el nombre de estoicismo . Sin embargo nada más alejado de la realidad que lo anterior. Juan Tauler, con sus enseñanzas, puso de relieve un elemento que posteriormente será asumido en su totalidad por los diferentes escritores sagrados que aborden el tema. Ciertamente que no será un elemento que antes se desconociese en su totalidad, pero lastimosamente no ocuparía el punto central de la cuestión.

Será Santa Catalina de Siena, Virgen y doctora de la Iglesia (1347-1380), quien a pesar de ser una humilde y sencilla terciaria dominica, recibirá de parte del mismo Dios la razón fundamental por la que el ser humano se despoja de su propia voluntad. Así en su libro El Diálogo, nos dice las siguientes palabras que son fruto de sus intensas experiencias místicas: “Tú eres el mismo Amor. Por esto el alma que por amor sigue la doctrina de tu Verdad se hace otro tú por amor: ésta, despojada de su voluntad, se reviste de la tuya, de tal manera que no busca ni desea sino lo que tú pides y deseas del alma” . También nos dice que la eterna Verdad de Dios nos demuestra que, si el alma quiere revestirse de su Voluntad, debe despojarse de la suya.

Cabe decir que todo esto sucede en el alma que ha llegado a experimentar de parte de Dios, la paz y la tranquilidad que sale de su boca. “La señal de que ha llegado allí es ésta: que su propia voluntad murió cuando gustó el afecto de mi caridad” .

Y sigue diciéndole el Señor: “…en este tercer estado el alma encuentra la paz, de manera que nadie la puede turbar, porque está perdida y anegada su voluntad, y, cuando la voluntad está muerta, se gusta la paz y la quietud. La razón de ello es porque me aman a mí por mí mismo, en cuanto soy suma bondad, digno de ser amado, y se aman a sí mismos y al prójimo por mí, para rendir gloria y alabanza a mi nombre, por eso son pacientes y fuertes y perseverantes en el sufrir” . Continuando con los diversos estados por los que atraviesa el alma, Dios Padre le da a conocer que estos terceros son perfectos en cualquier estado que estén, recibiéndolo todo con la debida reverencia propia del tercer estado unitivo del alma. No busca remuneración alguna ni de mí ni de las otras criaturas, porque se ha despojado del amor mercenario; ha dejado de amarme por propio interés y se ha revestido de luz perfecta, y me ama pura y desinteresadamente, y no ama otra cosa sino la gloria y alabanza de mi nombre, y no me sirve a mí por gusto propio, ni al prójimo por propia utilidad, sino sólo por amor a mí” .

Finalmente, el Señor le dirige unas palabras que no podemos obviar: “Ciertamente, han mortificado su propio cuerpo, pero no como cosa principal, sino que lo han usado como instrumento que los ayuda a matar su propia voluntad, según te dije declarándote más arriba aquellas palabras: Yo quiero pocas palabras y muchas obras. Y así debéis obrar, porque la mira principal debe ser siempre la de matar la propia voluntad para que no busque ni quiera otra cosa que seguir mi dulce Verdad, Cristo crucificado, buscando el honor y la gloria de mi nombre y la salud de las almas” .
Siguiendo el estudio de los grandes pensadores de la Iglesia Católica, nos detendremos ahora en la figura de San Ignacio de Loyola (1491-1556), fundador de la Compañía de Jesús. Cuando leemos la vida de éste y tantos otros santos, nos quedamos profundamente admirados. Sin embargo la verdadera santidad no es una virtud de cumplimiento, ni una rareza imposible. Consiste en ser capaz de enamorarse de tal modo del Dios revelado por Jesús, que ese amor se convierta en pasión que arrebate la propia vida . A tal punto esto se hizo vida en San Ignacio, que todas sus prácticas ascéticas iban dirigidas a domar la propia voluntad, exigiéndose ello para así poder ser plenamente libre en el seguimiento de Cristo . A pesar de todo, supo por experiencia propia que los planes de uno no siempre salen como se han previsto. Pero ha aprendido a dejar eso en manos de Dios. Si el hombre supiese todo lo que le depara la vida, no podría vivirla. Por tanto es mejor ignorar, esperar, construir, soñar y luchar por lo que uno quiere. Saltar al vacío una y mil veces . Abandonar nuestra voluntad en los brazos de Dios. Sin embargo, buscar la voluntad de Dios es una propuesta inmensa y difícil al tiempo. En la vida nos conviene buscar la voluntad de Dios, pero muchas veces nos preguntamos en qué consiste eso de la voluntad de Dios . A algunos les parece que se trata de tener una línea directa con Dios, por medio de la cual se nos va a decir: “Ahora haz esto” y “ahora lo otro”; pero nada más alejado de la realidad . La vida de San Ignacio nos descubre la necesidad de huir de una imagen pasiva de la existencia, como que si Dios fuese el que maneja los hilos y nosotros tan solo marionetas que tenemos que dejarnos mover a su antojo. San Ignacio comprendió perfectamente eso, y por eso nos dice: “Dios quiere que vivamos conforme al evangelio. De esto se trata” . “En realidad la voluntad de Dios no anula nuestra voluntad, ni nuestra libertad, sino que pasa por ellas. Lo que Dios quiere y sueña, es la capacidad de vivir con dignidad y abiertos a una trascendencia que nos devuelve al mundo para vivir en él construyendo el Reino…” . Así pues, San Ignacio nos enseñó que en nuestras opciones personales, trabajos etc, hemos de buscar esa voluntad de Dios. Pero una voluntad que pasa también por nuestra propia voluntad –seducida por el evangelio- y nuestra libertad. De esto se trata en definitiva .

Finalmente San Ignacio nos enseñó la manera que hemos de tener al cumplir la voluntad de Dios, y por boca de uno de sus seguidores nos dice:”Lo primero que hay que hacer es cumplirla con entereza, sin falta en alguna cosa, por mínima que sea. Lo segundo con pura intención, de agradar a solo Dios. Lo tercero, con plenitud, presteza y puntualidad grande, sin tardanza ni repugnancia alguna. Lo cuarto, con fortaleza y perseverancia hasta el fin. Lo quinto, por amor, y con amor ferviente, continuo e intenso, saboreándose y gozándose en cumplir lo que Dios manda” .

Vamos ahora a dar un paso más adelante y nos detendremos en la espiritualidad de otra ilustre virgen y doctora de la Iglesia, reformadora del Carmelo y la más grande mística de todos los tiempos. Nos referimos a Santa Teresa de Ávila (1515-1582). En el libro de su Vida, Santa Teresa nos advierte que si desde el principio no se abraza la cruz, uno andará afligido, pareciéndoles que no hacen nada; en dejando de obrar el entendimiento, no lo pueden sufrir, y por ventura entonces engorda (se fortifica) la voluntad y toma fuerza, y no lo entienden ellos . También la Santa en su libro Camino de Perfección nos dice: “…mas a nosotros conocéisnos, Señor mío, que no estamos tan rendidos como lo estávades Vos a la voluntad de vuestro Padre y que era menester pedir cosas señaladas para que nos detuviésemos en mirar si nos está bien lo que pedimos, y si no que no lo pidamos. Porque, según somos, si no nos dan lo que queremos -con este libre albedrío que tenemos- no admitiremos lo que el Señor nos diere” . Siempre en el mismo libro la autora nos da una serie de consejos que no podemos desconocer, así nos dice: “Ahora que nuestro buen Maestro nos ha pedido y enseñado a pedir cosa de tanto valor, que encierra en sí todas las cosas que acá podemos desear, y nos ha hecho tan gran merced como hacernos hermanos suyos, veamos qué quiere que demos a su Padre, y qué le ofrece por nosotros, y qué es lo que nos pide” .

“…tengo para mí que a quien les da amor para pedir este medio tan áspero para mostrarle, le dará para sufrirlos” .

“Hemos de hacer de la necesidad virtud. ¡Oh Señor mío, que gran regalo es éste para mí, que no dejásedes en querer tan ruin como el mío el cumplirse vuestra voluntad! Bendito seáis por siempre y alaben os todas las cosas. Sea glorificado vuestro nombre por siempre. ¡Buena estuviera yo, Señor, si estuviera en mis manos el cumplirse vuestra voluntad uno! Ahora la mía os doy libremente, aunque a tiempo que no va libre de interese, porque ya tengo probado y gran experiencia de ello la ganancia que es dejar libremente mi voluntad en la vuestra” .

“Antes que os diga lo que se gana, os quiero declarar lo mucho que ofrecéis, no os llaméis después a engaño y digáis que no lo entendisteis. Y ya puede ser, porque decir que dejaremos nuestra voluntad en otra, parece muy fácil, hasta que, provándose, se entiende ser la cosa más recia que se puede hacer, si se cumple como se ha de cumplir. Acá sabe el Señor lo que puede sufrir cada uno, y a quien ve con fuerza no se detiene en cumplir en Él su voluntad” .

También nos sigue diciendo: “¿Queréis ver cómo se ha con los que de veras le entregan esto? Preguntadlo a su Hijo glorioso, que se lo dijo cuando la oración del Huerto. Como fue dicho con determinación y toda voluntad, mirad si la cumplió bien en Él en lo que le dio de trabajos y dolores…en fin, hasta que le acabó la vida con muerte de cruz. Pues veis aquí, hijas, a quien más amaba lo que dio. Por donde se entiende cuál es su voluntad. Da conforme a el amor que nos tiene: a los que ama más, da de estos dones más…conforme a el ánimo que ve en cada uno y el amor que tiene a su Majestad. A quien le amare mucho, verá que puede padecer mucho por Él; al que le amare poco, poco. Tengo yo para mí que la medida del poder llevar gran cruz u pequeña, es la del amor” . Además de lo anterior, la Santa nos enseña que: “…lo que os he avisado en este libro va dirigido a darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas, y ternéis ya entendido lo mucho que importa …como quien sabe lo mucho que ganaremos de hacer este servicio a su Eterno Padre. Porque sin dar nuestra voluntad del todo a el Señor para que haga en todo lo que nos toca conforme a ella. Esto es contemplación perfecta, lo que me pedisteis os escribiese” . ¡Oh hermanas mías, que fuerza tiene este don!. No puede menos –si va con la determinación que ha de ir- de traer al Todopoderoso a ser uno con nuestra bajeza y transformarnos en sí y hacer una unión del Creador con la criatura. Y mientras más se va entendiendo por las obras que no son meras palabras de cumplimiento, más nos llega el Señor a sí y la levanta de todas las cosas de acá y de sí misma para habilitarla a recibir grandes mercedes, que no acaba de pagar en esta vida este servicio. Su Majestad nunca se cansa de dar; porque no contento con tener hecha esta alma una cosa consigo, comienza a regalarse con ella, a descubrirle secretos, a holgarse de que entienda lo que ha ganado y que conozca algo de lo que le tiene por dar. Hácela ir perdiendo estos sentidos exteriores, para que no se la ocupe nada. Esto es arrobamiento” . Al final nos dice: “Os doy un aviso: que no penséis por fuerza vuestra, ni diligencia, llegar aquí, antes si teníais devoción quedaréis frías; sino que lo alcanzaréis con simplicidad y humildad –que es la que lo acaba todo- decid: fiad voluntas tua” .

Prácticamente que no hay un solo escrito de Santa Teresa, en el que no se aborde el inmenso valor que posee el entregar nuestra voluntad a Dios. Así en su libro de Las Fundaciones, nos dice que la suma perfección del alma no está en tener regalos interiores ni en grandes arrobamientos, ni en tener visiones o espíritu de profecía, sino en tener nuestra voluntad tan conforme con la de Dios por amor, que ninguna cosa atendamos que Él quiera que no la queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente tomemos lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere su Majestad. Esto únicamente será posible si nuestro amor por Él es perfecto al punto de olvidar nuestro contento por contentar a quien amamos” .

Ya para terminar nuestro breve recorrido por los escritos de la Santa de Ávila, haremos referencia a lo que la Santa nos dice en su libro Meditaciones sobre los Cantares: “Pensaba yo ahora si es cosa en que haya alguna diferencia entre la voluntad y el amor. Y paréceme que el amor es una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en solo Dios, muy de verdad debe de herir a su Majestad; de suerte que, metida en el mismo Dios, que es amor, torna de allí con grandísimas ganancias como dije. Y es así que, informada de algunas personas a quienes ha hecho tan gran merced en la oración, que las lleva a este embebecimiento santo, con una suspensión, que aun en lo exterior se ve que no están en sí, preguntadas qué sienten, en ninguna manera saben decir, ni pienso supieron ni pudieron entender cosa de cómo obra allí el amor” .

Vamos ahora a continuar nuestro amplio recorrido por la espiritualidad de los santos y a fijar nuestra atención en un sacerdote y doctor de la Iglesia, que con Santa Teresa de Ávila emprendió la reforma masculina de la Orden Carmelitana. Nos referimos a San Juan de la Cruz (1542-1591). La espiritualidad de dicho santo, al igual que la de tantos otros, se funda en el amor de Dios por el alma y el amor que el alma descubre en Dios, al punto de ser atraída enteramente por Él, elevándola así a las esferas más altas de la mística. Aunque en sus escritos se hace poca alusión directa a la voluntad, no por eso desconoce la supremacía de ella sobre la memoria y el entendimiento, razón por la cual nos dice: “Mucho tuviéramos aquí que hacer con la multitud de las aprehensiones de la memoria y entendimiento, enseñando a la voluntad cómo se había de haber acerca del gozo que puede tener en ellas si no hubiéramos tratado de ellas largamente en el segundo y tercer libro. De la misma manera que queda dicho que la memoria y entendimiento se han de haber acerca de todas aquellas aprehensiones, se ha también de haber la voluntad; que, pues que el entendimiento y las demás potencias no pueden admitir ni negar nada sin que venga en ello la voluntad, claro está que la misma doctrina que sirve para lo uno servirá también para lo otro” .

En el lenguaje utilizado por San Juan de la Cruz, encontramos muchísimas veces las palabras: nada, subida, noche oscura; las cuales ponen de manifiesto el aspecto de la renuncia evangélica al egoísmo personal. Dicho egoísmo encuentra su cima en la propia voluntad, que impide que se abran las puertas del alma al goce más profundo que el corazón humano pueda sentir en esta tierra, cual es el de la unión con Dios . Cuando el santo hace referencia a las diversas noches por las cuales atraviesa el alma antes de su unión plena con Dios, se refiere en primer lugar a la noche de los sentidos, a través de la cual el hombre se libera de su egoísmo y se une cada vez más íntimamente a la voluntad de Dios . En segundo lugar cuando habla de la noche del espíritu, está haciendo referencia al hombre visto en su ser más profundo, en el cual mora la sublime capacidad que Dios le ha dado de abrirse y acoger el misterio trinitario .

Pasamos ahora a detenernos en la figura de un gran obispo y doctor de la Iglesia, el que sin tener que practicar austeridades espectaculares, logró deshacerse por completo de su propia voluntad y así sumergir a su alma en un ambiente de caridad, de amor a Dios, de continua oración y mortificación. Nos estamos refiriendo a San Francisco de Sales (1567-1622), uno de los santos que más hondamente ha influido en toda la espiritualidad posterior a él, principalmente a través de su magnífico Tratado del Amor a Dios, escrito por él en 1616. Debido a la educación recibida en el seno de su familia, pudo hacerle frente a un engaño de parte del demonio sobre la predestinación, llegando incluso a convencerse que él era uno de los predestinados al infierno. Mas luego tomó una sabia decisión que transformaría por completo su vida: “Si no voy a poder amar a Dios en la eternidad, quiero por lo menos amarlo con todas mis fuerzas en este mundo” . Cuentan los hagiógrafos que dicho acto heroico de la voluntad, le permitió desarrollar toda una espiritualidad caracterizada por la entrega decidida a la bondadosa voluntad de Dios.

En su famoso Tratado del Amor a Dios, nos dice en su primer libro que “Dios entre- gó a la voluntad el gobierno de todas las facultades del alma” . También demostró ser un fiel seguidor de la doctrina de San Agustín en lo que respecta al papel que la obediencia desempeña en el recto uso de la voluntad. Además nos dice que: “La voluntad recta es el amor bueno; la voluntad mala es el amor malo”, es decir que identifica amor con voluntad; al punto que llega a decir que el amor de tal manera domina a la voluntad que la transforma según es él . Siempre en consonancia con dicha manera de pensar, afirma que la voluntad cuando se da cuenta del bien y lo siente por medio del entendimiento que se lo presenta, experimenta en seguida una complacencia y un deleite; siendo dicho hallazgo quien la mueva y la incline, suave pero fuertemente, hacia este objeto amable para unirse con él . Continuando con dicha afirmación, nos enseña que: “La complacencia es el comienzo del amor, y el movimiento o vuelo del corazón que de ahí se sigue, es el verdadero amor esencial” . Sin embargo, contrariamente a lo que alguno pueda pensar, nos dice que la semejanza no es la única conveniencia que engendra el amor en nosotros. La conveniencia que sí es causa del amor, se basa en la proporción, en la relación y en la correspondencia del amante con el Amado, no en la semejanza o simpatía que pueda haber entre ambos .

También en el libro noveno de su Tratado del Amor a Dios, nos explica con mayor detenimiento todo lo expuesto anteriormente, y así nos dice: “El verdadero amor nunca es desagradecido, y siempre procura complacer a aquellos en quienes se complace; de aquí nace la conformidad de los amantes, que nos hace tales como lo que amamos. Así a fuerza de complacerse en Dios, se hace el hombre conforme a Dios, y nuestra voluntad se transforma en la divina, por la complacencia que en ella siente” . A la vez nos dice que el amor de benevolencia nos lleva a rendir una total obediencia y sumisión a Dios, por propia elección e inclinación y aun por una suave violencia amorosa, al considerar la suma bondad, justicia y rectitud de la divina voluntad. Así se realiza la conformidad de nuestro corazón con la voluntad de Dios, cuando ponemos todos nuestros afectos en manos de la divina voluntad, para que sean doblegados y manejados a su gusto, moldeados y formados según su beneplácito .

Ya para terminar nuestra rápida visión sobre las enseñanzas del santo, hay dos cosas muy importantes para el crecimiento de nuestra vida espiritual. Ambas cosas se refieren a la manera en que podemos aceptar las cosas que nos suceden. En la primera nos dice que podemos aceptar las cosas que nos pasan por resignación, la cual se practica a manera de esfuerzo y sumisión; para ejemplificar esto pone el siguiente ejemplo: quisiera vivir en lugar de morir, pero puesto que la voluntad de Dios es que muera, me conformo con ello; lo cual es fruto del sufrimiento y la paciencia. En segundo lugar podemos aceptar las cosas por medio de la santa indiferencia, la cual está por encima de la resignación, porque no ama cosa alguna sino por amor a la voluntad de Dios. El corazón indiferentes sabedor de que la tribulación, no deja de ser hija, muy amada del divino beneplácito, por lo que la ama tanto como a la consolación .

Prosiguiendo nuestro recorrido a través de la historia de nuestra santa madre Iglesia, nos encontramos con otra figura excepcional. Nos referimos al obispo y doctor de la Iglesia San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), fundador de la Congregación del Santísimo Redentor. Fue un fecundo escritor, pero aquí nos limitaremos a las enseñanzas contenidas en sus libros: Práctica del Amor a Jesucristo y Conformidad con la voluntad de Dios. En el capítulo primero del primer libro indicado anteriormente, nos dice que: “La suma de la santidad y perfección del alma se cifra en amar a Jesucristo nuestro Dios, Bien soberano y salvador nuestro” . De aquí resulta que el alma enamorada de Dios, solo atiende a lo que es del agrado de Dios. Por tanto la suma de toda la santidad y perfección de un alma está cifrada en renunciarse a sí mismo y abrazarse con la voluntad de Dios…” . Éste debe ser el presupuesto del que hemos de partir, si queremos hacernos santos. “El amor de Jesucristo pone a sus amantes en una total indiferencia, siendo para ellos todo igual…no descuidando cosa que entiendan ser del agrado de Dios” .

Hay almas que se sienten atraídas por la oración, sin embargo algunas veces dichos deseos debemos desecharlos, pues no nos conducen a la humildad. “Si de veras buscamos la santidad y perfección, debemos desear la verdadera unión con Dios, que consiste en unir totalmente nuestra voluntad con la de Dios” . Ciertamente que hay muchas cosas exteriores que en parte son fruto del amor que tenemos hacia Jesucristo, pero “el verdadero amor consiste en conformarse en todo con la voluntad de Dios, y por consiguiente, en renunciarse a sí mismo y buscar lo que es más agradable a Dios, porque Él así lo merece” .

Es por todo lo anterior que San Alfonso no se cansaba de repetir que: “La perfección consiste: 1° en un verdadero desprecio de sí mismo; 2° en una total mortificación de los malos apetitos; y 3° en una perfecta conformidad con la voluntad de Dios; quien se vea falto de una de estas tres virtudes, está fuera del camino de la santidad” .
En su pequeño libro: Conformidad con la voluntad de Dios, nos recuerda que la autenticidad de la existencia cristiana consiste en vivir el amor a Dios, que para ser perfecto debe ir acompañado de la conformidad de nuestra voluntad con la suya .

Por lo tanto, quien da su voluntad a Dios está en condiciones de poder decirle: Señor, yo soy pobre, pero te doy todo lo que poseo. Al entregarte mi voluntad ya no me queda nada más para darte . Quien vive conforme con la divina voluntad, no solo se hace santo sino que, además gozará en la tierra de mucha paz. En efecto, quienes aman a Dios viven siempre contentos y haciendo, incluso en las adversidades, la voluntad de Dios. Aquí se halla la razón por la cual siempre están alegres: saben que agradan a su amado Señor . Cuando una persona va a la oración no puede sacar más provecho que el de unirse a la voluntad de Dios y decir así: Señor, yo acepto todo cuanto me viene de ti porque es de tu agrado. Si quieres que yo esté triste por toda la eternidad, yo estoy contento. De esta manera, aunque sea triste tu oración te sentirás consolado .

Siguiendo nuestro recorrido por la vida de los santos, nos fijaremos ahora en la figura singular del sacerdote y fundador de los Salesianos San Juan Bosco (1815-1888). Entre los rasgos más sobresalientes de su espiritualidad, destaca el ambiente de júbilo que imprimió a su sistema educativo. Es por esa razón que incluso llegó a decir que “La alegría es la esencia y el motor de la fe” . Cabe decir que dicho carácter festivo de la fe, se logra únicamente cuando nuestra voluntad se une a la de Dios, o en otras palabras cuando se sigue a Dios con el corazón puro, sin tenerlo sujeto ni dividido por nada . También nos enseñó que “cualquier trabajo, realizado en la voluntad de Dios y para el bien del prójimo, es de por sí oración” .

No podemos desconocer el aporte sustancial de una hija suya que asimiló el espíritu evangélico de Don Bosco para transmitirlo luego al mundo. Nos referimos a Santa María Mazzarello (1837-1881), cofundadora de las Hijas de María Auxiliadora. Ella encarnó en el campo femenino lo que Don Bosco hacía con los muchachos. Su carisma reflejaba la alegría serena, propia de un alma que se abandona completamente en los brazos de Dios , lo cual era producto de su gran amor por Jesús, razón por la cual comulgaba siempre que podía.

Vamos ahora a estudiar la espiritualidad de una virgen y doctora de la Iglesia, quien a través de la vía del Carmelo encontró la seguridad de que era allí donde Dios la quería, pese a las dudas e incertidumbres que el demonio intentaba hacerle creer. Nos referimos a Santa Teresita del Niño Jesús (1873-1897), la cual nos presenta el itinerario que se ha de seguir para lograr la unión con Dios, no partiendo de teorías, sino presentándonos su método completamente existencial, el cual parte de adentro hacia fuera. Sobre el cimiento del amor levanta el edificio de las virtudes. De su vida mística brota en ella la experiencia ascética, método contrario al practicado hasta entonces . Santa Teresita nos invita a: “creer en el amor de Dios y permanecer en él” . Manos vacías hay que presentar ante Dios, lo cual hace referencia a la pura capacidad de recibir y recibirle, de hacer su voluntad. Es por lo anterior que se reconoce a Santa Teresita como autora del Camino de infancia espiritual, aunque no fue escrito por ella misma. El Papa Pío XI lo definía así: “Esta infancia espiritual consiste en sentir y obrar bajo la influencia de la gracia, como el niño siente y actúa en el orden natural” . Pura inocencia, conciencia de la propia fragilidad, confianza ilimitada en Dios, abandonándose en sus manos, ausencia total de egoísmo . El caminito de Teresa, de infantil no tiene nada más que el nombre. Se caracteriza por su reciedumbre que exige una constante renuncia y vencimiento. Reconocer nuestra nada y esperarlo todo de Dios. La intensidad del amor es lo que hace crecer en santidad, no la suma de actos repetidos sin fervor, fácilmente convertidos en rutina .

Es por todo lo anterior que Santa Teresita nos dice que: La perfección consiste en hacer la voluntad de Dios, en ser lo que Él quiere que seamos… . “Para llegar a ser santa es necesario sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí mismo. No quiero ser una santa a medias, no me asusta sufrir por vos. Sólo temo una cosa: conservar la voluntad propia. ¡Tomadla, pues yo escojo todo lo que vos queráis! . Siempre en esta línea de pensamiento, Santa Teresita nos dice: “…yo prefiero cumplir la voluntad de Dios y si fuese necesario volver al mundo más que permanecer en el Carmelo haciendo mi voluntad, así lo haría por muy bien que allí me sintiese” . Hay que recalcar que todo lo anterior tiene su fuente y origen en el amor. Por eso Santa Teresita nos dice: “¡Oh Jesús, Amor mío! Por fin he encontrado mi vocación. Mi vocación es el Amor. Sí, he hallado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, ¡Oh Dios mío!, tú me lo has dado” .

Santa Teresita añadió un elemento que muchas veces descuidamos en nuestra vida diaria y por ello nos dice: En fin, Madre mía, no escribo para hacer obra literaria, sino por pura obediencia. Si os aburro, por lo menos veréis que vuestra hija no pierde la ocasión de dar pruebas del sometimiento de su voluntad a la de Dios . Y nos sigue diciendo: ¡Qué dulce me resulta fijar en vos la mirada y cumplir en seguida la voluntad del Señor!. Por medio de vos, Madre mía, me hace ver su voluntad . A como decíamos anteriormente, Santa Teresita nos mostró en sus últimos momentos dolorosos que: “El aceptar plenamente la voluntad de “Papá Dios”, a quien pronto iré a ver cara a cara, es la fuente de mi alegría”, por lo que les decía a sus hermanas en la enfermería: “Estoy siempre alegre y contenta” . Este abandono y confianza filial del alma en el Padre celestial, no suprime ciertamente el esfuerzo y el dolor, pero asegura en todo caso la paz. Sufrir en paz no es siempre sufrir con consuelo. Quien dice paz no dice alegría sensible. De los escritos de Santa Teresita se deduce que Dios no nos pide sino buena voluntad: ésta la hemos de demostrar con el fervor de nuestro deseo y con la sinceridad de nuestro esfuerzo.
Pasemos ahora a estudiar un poco la figura de un santo bastante conocido por todos nosotros. Nos estamos refiriendo al padre Pío de Pietrelcina (1887-1968) sacerdote franciscano, que recibió los estigmas de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo al igual que su padre San Francisco de Asís. Por su sumisión total a la Divina Providencia y su espíritu de fe, aceptó en todos los momentos de su vida la voluntad misteriosa de Dios. Por eso decía: “Todas las oraciones son buenas, siempre que vayan acompañadas por la recta intención y la buena voluntad”. A pesar de que pasó por numerosas pruebas durante su vida, nunca perdió la serenidad. Dios le concedió la gracia de conocerse profundamente a sí mismo, de reconocer su nada, a pesar de los grandes dones de naturaleza y gracia que había recibido . Su trato íntimo y continuo con Dios por medio de la oración, lo convenció de lo poco o nada que él es, así como de la “Misión grandísima” que Nuestro Señor le encomendó.

Una de las cualidades más grandes del padre Pío, fue su inmensa capacidad de amar a los demás que poseyó. Amaba a Dios y amaba a todos y en todo. Debido a eso el repetía: “Al corazón no se le ponen fronteras” . En 1931, a causa de las calumnias que se inventaban contra él, le llegó de Roma la prohibición de celebrar misa en público así como de confesar. Ante tan dura obediencia solo dijo: “Que se cumpla la voluntad de Dios” y rompió a llorar amargamente .

Nos detendremos ahora en otro personaje muy particular. Nos referimos a Santa Edith Stein (1891-1942), doctora en filosofía y religiosa. Convertida del hebraísmo a la fe católica, focalizó con fuerza el itinerario completo de su maduración espiritual, llegando hasta la entrega suprema de sí misma, en el misterio de Cristo crucificado, “necedad” para los hombres, pero “poder y sabiduría de Dios” . Su disponibilidad activa e incondicional ante la voluntad de Dios, desembocó en el abandono sin reservas de su alma en Dios: el cual “es el acto más sublime de su libertad”, el estado llamado por Santa Teresa de Ávila la “séptima morada”, es decir, el matrimonio místico. En dicho abandono total en la voluntad de Dios, o sea, en su infinito amor, Santa Edith Stein “presenta notables analogías con el “pequeño camino” de Sante Teresita del Niño Jesús, de quien conocía bien su libro: Historia de un alma. Según ella nos cuenta: “Existe un estado de reposo en Dios, de total aflojamiento de toda actividad espiritual, en el cual no se hacen más planes, no se toman decisiones y además de no actuar, uno entrega todo cuanto es propio del futuro a la voluntad divina y se “abandona” totalmente al “destino” que Dios le tiene previsto. Éste fue el objeto de la predicación de San Pablo, quien lo formuló perfectamente como “ciencia de la cruz”, o sea, como escuela de vida que implica la perfecta conformidad con Cristo crucificado. Es notable que uno de sus profesores la ayudó para descubrir que los cristianos poseen una fuerza para afrontar el dolor que no tienen otros, sencillamente porque elevan sus ojos hacia Cristo crucificado.

Se cree que fue martirizada el 9 de agosto de 1942, en el campo de concentración de Auschwitz, en las famosas cámaras de gas de dicho lugar.

Otra santa que no podemos obviar por su cercanía a nosotros, es Santa María Faustina Kowalska (1905-1938), apóstol de la Divina Misericordia. Como ella misma nos dice: “Su santidad y perfección consisten en una estrecha unión de su voluntad con la voluntad de Dios” . Nos cuenta en su diario espiritual que la Virgen María fue la que le enseñó a amar interiormente a Dios, así cómo cumplir su santa voluntad en todo . Debido a eso en sus oraciones siempre le pidió a Dios que le diera la fuerza de su Santo Espíritu, para poder cumplir en todo su santa voluntad, ya que conocía perfectamente su debilidad y miseria. Hay que señalar que cuando la Santa atravesaba por períodos de aridez espiritual, su único consuelo era como ella misma nos dice, la voluntad divina, pues en definitiva ella era el fin de su existencia .

En una ocasión el Señor le dijo: “Deseo que vivas según mi Mi Voluntad en los más secretos rincones de mi alma”. Abrumada por esas palabras fue a confesarse y el sacerdote le dijo que habían tres grados en el cumplimiento de la voluntad de Dios. El primero es cuando el alma cumple todo lo que está comprendido en los estatutos y reglamentos de la observancia exterior. El segundo grado consiste en que el alma sigue las inspiraciones interiores y las cumple. El tercer grado es aquel en que el alma, entregándose a la voluntad de Dios, le deja entera libertad para que disponga de ella, y Dios hace con ella lo que le agrada porque es un instrumento dócil en sus manos . Por ello, más adelante llegará a escribir en su diario: “…lo que une más estrechamente el alma a Dios es negarse a sí mismo, es decir, unir nuestra voluntad a la voluntad de Dios” . En otra ocasión Jesús mismo se le apareció y le dijo que el alma más perfecta y santa es aquella que cumple la voluntad de Dios de modo perfecto . Eso le sirvió para comprender que toda aspiración verdadera a la perfección, así como toda la santidad, consisten en cumplir la voluntad de Dios . Eso es lo que constituye la verdadera madurez en la santidad. Ella es la esencia de todas las virtudes, por eso quien cumple fielmente la voluntad de Dios, se ejercita en todas ellas .

Veremos ahora otro santo de nuestros días, éste es el sacerdote y fundador del Opus Dei San Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975). De él dijo el Cardenal Marian Jaworski, que el carisma que San Josemaría nos transmitió, fue la búsqueda constante de la voluntad de Dios, entregándonos absolutamente a Él y dejándonos guiar por el Espíritu Santo. Por tal motivo una persona que convivió con él los últimos 20 años de su vida nos dice: “por esa fe vivió hasta el final, siempre con el oído atento y la voluntad dispuesta para seguir las inspiraciones de Dios” . Hemos de decir que toda y cualquier vida que se origine en el amor a Cristo, se sostenga en el amor a Cristo y manifieste dicho amor, es y será siempre actual, llevándonos a buscar siempre el hacer la voluntad de Dios . Entre sus enseñanzas está la siguiente: “La carencia de buena voluntad no excusa la desobediencia y el desorden que se ocasiona en muchos lugares y trabajos” . Sumado a todo lo anterior, hay que resaltar que San Josemaría Escrivá no redujo su espiritualidad a un voluntarismo vacío, sino a una profunda manifestación de amor: es la libertad del hombre que se une a la libertad de Dios, descubriendo el amor que Dios ha tenido a nosotros los hombres, al crearnos en libertad. Ella es pues el más claro reflejo del amor con que Dios ha creado al hombre, siendo así el centro mismo esencial y existencial de la persona humana .
Finalmente en su libro Camino, nos dice: “La aceptación rendida de la voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la cruz. Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y su carga no es pesada .

Ya para terminar nuestro amplio recorrido, cerraremos esta parte del trabajo centrándonos en una figura muy conocida por todos nosotros. Nos estamos refiriendo a Santa Teresa de Calcuta (1910-1997), religiosa y fundadora de las Misioneras de la Caridad. Ella no sentía nada, enseñándonos así que no debemos buscar nuestra fe y amor a Dios y a los demás por lo que uno puede sentir. Hoy está de moda decir: ya no amo porque no siento nada, pero no es así. El amor no está en el sentimiento, sino en la voluntad. Debido a lo anterior la Madre Teresa, que dedicó su vida al servicio de los pobres de la ciudad india de Calcuta, escribió en 1958: “Mi sonrisa es una gran capa que esconde una multitud de penas”. Al verme sonreír la gente piensa que “mi fe, mi esperanza y mi amor me desbordan, y que mi intimidad con Dios y la unión con su voluntad llenan mi corazón y si supieran…”. Para entender esto, según escriben sus biógrafos en dos libros de reciente aparición, debemos referirnos al “voto secreto” que Madre Teresa realizó cuatro años antes de su profesión perpetua y que consistió en su compromiso de “no negarle nunca nada a Dios”. Es decir que a sus votos de pobreza, castidad y obediencia, añadió el de la sumisión total a la voluntad de Dios. De esta manera podemos comprender por qué la Madre Teresa fue tan fiel y perseverante en llevar a cabo su misión, incluso más allá de la oscuridad interior que acompañaría parte de su vida. Todo el trabajo de Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, y del valor incomparable de la amistad con Dios.

III.- Aporte de los grandes teólogos del siglo pasado.


Para tener una visión completa de lo que hemos venido tratando, no podemos desconocer algunos aportes hechos por personas relevantes en el quehacer teológico del siglo pasado. Es por esa razón que nos centraremos en el estudio del pensamiento de cuatro figuras representativas a nivel teológico internacional.

1.- Romano Guardini (1885-1968).


Fue un gran sacerdote y teólogo católico alemán, de inspiración agustiniana. Toda la vida y obra de R. Guardini, tiene un profundo sabor a experiencia mística, en su sentido preciso de relación íntima con el Dios escondido y tres veces santo. Dicha experiencia penetra la vida del alma con tal intensidad, que se manifiesta en todas sus relaciones. Para Guardini, la liturgia ha de ser considerada como una especie de vida mística plasmada en formas sensibles . De acuerdo a su pensamiento, la oración constituye el “ámbito más íntimo de la vida cotidiana” , por la que es cultivado con especial intensidad por todo espíritu místico. Debido a eso llega a suplicarle al Señor: “Enséñame a ver que sin oración mi interior se atrofia y mi vida pierde consistencia y fuerza” . Además decía que cuando nos unimos a Dios y nos identificamos con su voluntad “abrimos el camino para la alegría de Dios”. Si mantenemos dicha actitud fielmente, con buen ánimo, confianza y libertad interior –condiciones emparentadas con la alegría-, estaremos inundados de gozo, “suceda lo que suceda”. La alegría más profunda surge en el alma cuando ésta cumple la voluntad de Dios, no como un precepto externo, sino como la expresión viva de aquel que es más íntimo que nuestra propia intimidad (San Agustín).

2.- Hans Urs von Balthasar (1905-1988).

Teólogo y filósofo suizo, sacerdote jesuita desde 1929 hasta 1948. Su preocupación dominante fue hacer emerger el contenido religioso del pensamiento moderno, presentando así a la teología cristiana en un lenguaje comprensible para el hombre de hoy. No se puede separar la producción teológica de la experiencia del sujeto que la ha producido. Asume lo mejor de la tradición teológica, sobre todo la de los Padres de la Iglesia, y la conjuga con la penetración espiritual, teológica y filosófica de la modernidad. Su disponibilidad para la acción de Dios en su vida, la cual es expresada en la mística ignaciana como indiferencia, será la actitud que asuma ante la misión que realizará. Dicha indiferencia no ha de ser comprendida como pasividad. Balthasar describirá en sus escritos a la indiferencia como “la única colocación metódica posible para la recepción del amor divino, que es absoluto, aparta todo interés propio y es fin en sí mismo” . Subraya que el camino hacia la perfección cristiana es concebido como obediencia a la llamada, como elección de lo que Dios elige para cada uno. El camino hacia la perfección no puede ser atendido si no escuchamos obedientemente la voz del Padre. La obediencia de Cristo a la voluntad del Padre es el modelo. Para que los fieles puedan realizar su misión en el mundo, Balthasar redescubre la vocación de los laicos de ser sal del mundo, aceptando la cruz y la renuncia en espíritu de profunda oración. La presencia de la Iglesia en el mundo, no significa para Balthasar la renuncia a la vida contemplativa, sino todo lo contrario.

Nos dice que San Ignacio distinguía tres tiempos para hacer una buena y sana elección. Ahora se ha difundido, no sé cómo, la opinión de que ese “tercer tiempo” es algo que sólo se da a las “almas superiores, mientras que las almas ordinarias deben contentarse con el primer tiempo, donde todo depende de las consolaciones o simplemente de reflexiones racionales” .

En 1988 fue promovido al cardenalato por el Papa Juan Pablo II, y creado cardenal a título póstumo.

3.- Dietrich Bonhoeffer (1906-1945).

Ministro de la iglesia Luterana, pero cuyos escritos han sido ampliamente respaldados y reconocidos por la teología cristiana. Nació en Breslau, Alemania (perteneciente actualmente a Polonia). En 1939 huyó a Estados Unidos, pero luego de una breve estadía en ese país, volvió a Alemania. La importancia de su pensamiento se inicia con su oposición al partido nazi, así como a la influencia que éste tuvo en la iglesia alemana durante la estancia de Hitler en el poder. Su obra más famosa se titula “El Costo del discipulado”, publicada inicialmente en 1939. En dicho libro basado en el estudio atento del Sermón de la Montaña, Bonhoeffer afirma que: “El verdadero creyente debe resistir a la gracia barata e ingresar a la vida del discipulado activo. La fe ya no puede significar quedarse quieto y esperar; el cristiano debe levantarse y seguir a Cristo” . Mediante la expresión gracia barata, Bonhoeffer se refería a la gracia que ha traído caos y destrucción; identificándola con el mero asentimiento intelectual a una doctrina, pero sin obrar una verdadera transformación en la vida del pecador. Es aquí donde Bonhoeffer hace uno de sus reclamos más perdurables sobre la vida del verdadero cristiano. Afirma que: “sólo el que cree es obediente, y sólo el que es obediente cree” . Los hombres se han vuelto blandos y complacientes mediante la gracia barata y, por lo tanto, están aislados de la verdadera gracia costosa, que exige abnegación y la humillación personal. Basándose siempre en las enseñanzas del Sermón del Monte, dice que los pobres en espíritu son aquellos que han aceptado la pérdida de todas las cosas, especialmente la pérdida del yo, para poder seguir a Cristo. Los mansos de corazón son aquellos que no hablan en defensa de sus propios derechos, sino que subordinan continuamente sus derechos así como ellos mismos a la voluntad de Cristo primero y luego al servicio de los demás.

Su segunda obra titulada Ética, es considerada su principal contribución a la teología, ya que es su obra más madura; siendo escrita entre 1940-1943. Afirma que la ética cristiana debe ser considerada con referencia al hombre regenerado, cuyo principal deseo debería ser el de agradar a Dios. El hombre no es, ni puede ser, el árbitro final del bien y del mal. Eso está reservado sólo a Dios. Cuando el hombre trata de decidir lo que está bien y lo que está mal, sus esfuerzos están condenados al fracaso. Bonhoeffer insistió que el cristiano debe ocuparse ante todo en vivir la voluntad de Dios, antes que buscar una serie de reglas que uno pueda seguir . Y aunque él no propugnaba una revelación directa e individual en cada dilema ético, si afirmaba que el hombre puede tener conocimiento de la voluntad de Dios. Decía que “si un hombre se lo pide a Dios humildemente, éste le dará conocimiento cierto de su voluntad; y entonces después de toda esa búsqueda ferviente, habrá libertad para tomar verdaderas decisiones, y esto con la confianza de que no es el hombre sino Dios mismo quien a través de esa búsqueda, pone en efecto su voluntad” .

En su último libro titulado “Resistencia y Sumisión. Cartas y apuntes desde el cautiverio”, escrito desde la prisión de Tegel; Bonhoeffer nos dice: “no todo cuanto acontece se debe simplemente a la “voluntad de Dios”, pero al fin y al cabo no ocurre nada “sin la voluntad de Dios” (Mt 10, 29), es decir, todo acontecimiento, aunque carezca de todo rasgo divino, ofrece una forma de acceso a Dios” . También nos dice en el prólogo: “¿Quién se mantiene firme? Sólo aquel para quien la norma suprema no es su razón, sus principios, su conciencia, su libertad o su virtud, sino que es capaz de sacrificarlo todo, cuando se siente llamado en la fe y en la sola unión con Dios a la acción obediente y responsable; el responsable, cuya vida no desea ser sino una respuesta a la pregunta y a la llamada de Dios.” .

Dietrich Bonhoeffer fue asesinado en el campo de concentración de Flossenbürg, el 9 de abril de 1945. El Papa Pablo VI dijo de él, que había sido una personalidad hondamente cristiana y cuya definición de que: “Jesús había sido un hombre para los demás”, era completamente válida para el hombre de hoy.

IV.- El aporte original de Madre Albertina.

Todo lo antes dicho nos serviría únicamente para acrecentar nuestro acervo intelectual, si no lo viésemos totalmente vivido por nuestra Madre; al punto de que ello no nos sirviese para imitar su ejemplo y virtudes. Como decía al inicio de este pequeño trabajo, mi objetivo es llenar un vacío que lamentablemente tenemos, cual es el de no poseer por escrito casi ningún pensamiento de Madre Albertina. Sin embargo, no por eso podemos caer en el engaño de creer que su intensa vida espiritual careciese de sólidos fundamentos, lo cual fue el resultado de su íntima relación con el Padre, quien a través de su Santo Espíritu la condujo hasta la Verdad completa . Debido a que semejante labor supera notablemente mi capacidad de juicio y análisis, no me detendré a estudiar totalmente la espiritualidad de la Sierva de Dios Madre Albertina Ramírez. Como todos sabemos, en su alma no había nada más que el anhelo de llegar a la santidad, es decir de conformar plenamente su vida con la de Jesús, iniciando así una manera de ser nueva y en extremo fecunda para la Iglesia . Para lograr la plena realización de lo anterior, “Madre Albertina nos propuso tres medios muy importantes, de los cuales fluye su modo de ser espiritual: la oración, la acción y el dolor…” . En este escrito me centraré únicamente en profundizar en el estudio del dolor o la Passio albertiniana. Fue por esa razón que a lo largo de todo lo antes dicho, hemos puesto de relieve que humanamente hablando “ no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor angustia que la vida presente” , a como nos dijo nuestro insigne príncipe de las letras castellanas Rubén Darío, en su poema Lo fatal. Pero si bien es cierto que lo anterior se identifica parcialmente con la experiencia que sufrieron la gran mayoría de los santos, no podemos aplicar a ellos en su totalidad el contenido de dichas palabras. Basta que simplemente leamos todo lo escrito en las páginas anteriores, para descubrir que no hay dolor, angustia e incertidumbre más grande que la vivida por aquel que muriendo a su propia voluntad, la entrega completamente en manos de otro. Fue por esa razón que Madre Albertina indujo a las hermanas a aprovechar aquellas circunstancias que contrariasen el juicio propio viendo en ello algo permitido por la voluntad de Dios , alcanzando así la plena realización a la que aspiraba: llegar a la santidad.

Como decíamos en la página 4, el mismo Señor Jesucristo nos dio muestras de que Él había venido a la tierra únicamente para hacer la voluntad de su Padre. Ciertamente que ello no estuvo exento de dudas y dolor, alcanzando su punto más álgido en su muerte en cruz; la cual se perpetuaría después en el sacrificio eucarístico que diariamente celebramos. Esa es una de las razones por las cuales Madre Albertina llegó a decir: “Quiero ser una cruz viviente, una crucificada viviente, una crucifixión viviente por tu amor” ; y es que precisamente en la meditación asidua y detenida de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo “es donde se aprende la ciencia de los santos” .

Podríamos pensar que nuestra Madre fue una persona demasiado radical o incluso para algunos una extremista. Sin embargo no debemos dejar que el lenguaje nos engañe, haciéndonos creer que es lo mismo ser radical que extremista. El radicalismo ante todo, hace referencia directa a las raíces que toda persona posee, a aquello que es lo más profundo, lo más definitivo, lo más esencial de la vida de alguien. Es algo tan fundamental que nadie puede llegar a comprender su vida sin tener que referirse a ello. Lo radical en la vida de cualquier persona, es aquello que la nutre y la sustenta, convirtiéndose en el motor y la fuente de toda su actividad. Ahí está el reto y la oportunidad. Dejarse enraizar en Dios, al punto que nuestra vida arraigue en la tierra fecunda del evangelio. Visto desde ésta perspectiva, podemos afirmar que el seguimiento de Jesús es radical ; lo cual fue lo que estuvo a la base de la vida entera de nuestra Madre. En ella no hubo nada de extremismo, pues nunca fue por la libre, llegando a asumir posiciones límite, o inclinándose hacia gustos minoritarios o alternativos. Nada de eso.

Continuando con nuestro trabajo, hemos de señalar que la espiritualidad de Madre Albertina surgió “de su unión con Dios, una experiencia de amor que se traslució en servicio y en una vida llena de caridad. Su vida fue evangélica con un radicalismo exigente” . Hemos de señalar que nuestra Madre fue enseñada por Dios mismo, a amar y a servir, y los que saben amar y servir, saben también orar. “Sin la oración no hay ni voluntad de Dios, ni obediencia” . Recordemos las enseñanzas de Dietrich Bon hoeffer, el cual insistió en que el cristiano debe ocuparse ante todo en vivir sometido a la voluntad de Dios, antes que buscar una serie de reglas que uno pueda seguir . No podemos olvidar que Madre Albertina fue una persona asidua y perseverante en buscar la voluntad de Dios. A como decíamos en la página 4, la más perfecta discípula de Jesús fue su propia madre. Debido a ello nos será fácil comprender el por qué “Madre Albertina hizo suya la espiritualidad mariana, viviendo la humildad, la obediencia a la voluntad del Padre, la pobreza, el olvido de sí, el servicio desinteresado, la comunión en los sufrimientos de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia”.

El espíritu de oración que nuestra Madre poseía, hundía sus raíces desde su más temprana edad, al punto que ella “había cultivado un modo de ser monástico, en cuanto al gusto por la vida oculta, el silencio, la solemnidad de la Liturgia” . Por tanto su oración fue una respuesta a la Iglesia, un Sí a la voluntad de Dios y una disponibilidad, un don de sí para los demás. A como nos decía Hans Urs von Balthasar, la presencia de la Iglesia en el mundo, no exige una renuncia a la vida contemplativa, sino todo lo contrario.

A como decíamos en la página 29, Madre Albertina nos propuso una nueva manera de ser cristianos, colocando un nuevo aditamento a la muy conocida sentencia: Ora et labora. Dicha adición consiste en la Passio o dolor, el cual para la espiritualidad albertiniana además de otras cosas, es “la expresión del amor total y esperanza plena. Efectivamente, la oración y la acción tienen que confluir en el dolor que produce la obediencia: la renuncia a sí mismo y la entrega total por el reino, sin esta columna la acción es egoísta filantropía y la oración una falsa evasión” . “Sin la Passio, el ora y el labora, pueden conducirnos a ser excelentes místicos, humanistas, filántropos, etc., pero no seguidores de Jesús de Nazaret, el Cristo” .

En su Libro de la Vida, Santa Teresa de Ávila nos dice que cuando una persona se detiene a considerar las diversas manifestaciones del amor que Dios nos tiene, termina amando a Dios, porque amor saca amor . Por lo tanto podemos afirmar, sin ningún temor a equivocarnos, que la vida toda de Madre Albertina, al igual que la de tantos otros santos empezando con Santa Catalina de Siena, no fue aquí en la tierra más que una correspondencia al Amor divino, descubierto y profundizado en proporción directa al nivel de oración que ellos practicaban. Lo anterior no debe hacernos pensar que hacemos oración con la finalidad de informarle a Dios de nuestras necesidades, ni convencerle para que cambie de idea. Se trata precisamente de todo lo contrario: “…ella es el camino para ajustar nuestros deseos a la voluntad de Dios” . Así nos lo enseñó San Agustín. No obstante, lo anterior nos pone de relieve la necesidad de la abnegación, la cual no es como comúnmente se cree: un negarse a sí mismo hasta el punto de anularse a sí mismo, sino que sobre todo se trata de una afirmación del Otro. Es dejar que disminuya el yo que me cierra a Dios y a los otros. Así pues, abnegarse es, en realidad, afirmar a los demás y al Dios que nos vincula a los otros tanto como a uno mismo .

Todo lo anterior encuentra su realización perfecta y de la cual muchos fueron testigos, en la humildad que se traslucía en toda la persona de nuestra Madre. Sin embargo para poder llegar a ello, atravesó previamente el camino de la obediencia verdadera. Recordemos lo que nos decía Santa Catalina de Siena: “…es obediente el que es humilde, y humilde en la medida que es obediente” , sobre todo a la voluntad divina. Madre Albertina “participó de la obediencia de Cristo. También Dietrich Bonhoeffer nos decía: “Sólo el que cree es obediente, y sólo el que es obediente cree” . Lo que en el santo es perfecto es, primariamente su obediencia plena a la misión que Dios le revela, lo cual lo podemos ver plenamente cumplido en nuestra Madre .

Volviendo al tema iniciado iniciado anteriormente sobre el papel desempeñado por la oración en la vida de Madre Albertina, hemos de decir que a medida que se desarrolla la oración, ordinariamente se hace más simple. Las personas que inician la vida de oración a menudo experimentan numerosas ideas e imágenes relacionadas con Dios y las cosas suyas junto con varios actos de la voluntad. Es lo que Santa Teresa atribuye a “la loca de la casa”, es decir, a la imaginación. Pero en la medida que la oración se desarrolla, ocurre todo un proceso de simplificación que podemos dividir en tres actos. En el primero las operaciones de la inteligencia se hacen menos numerosas, llegando incluso a predominar una idea. En el segundo los actos de la voluntad también se reducen, y en lo que se refiere al amor, éste crece cada vez más al punto de posesionarse totalmente de la voluntad. Finalmente, el proceso de simplificación de la oración antes iniciado, alcanza y motiva todo en la vida de una persona. Por tal motivo, la persona ve la vida armoniosamente unificada en Cristo, y esta visión simplificada le da un sentido de concentrada aspiración y fortaleza a la existencia del individuo como nunca la tuvo antes. Esto no quiere decir, como decíamos en las páginas 20 y 31, que la oración elimine todas las dificultades. El camino de la oración, así como el de toda vida espiritual en general, no siempre es llano. En su trayecto nos encontraremos muchas veces con tropiezos y sufrimientos.

Pero si aceptamos dichas contrariedades adecuadamente, éstas nos servirán para llevarnos a una mayor unión con Dios, permitiéndonos así vivir el misterio pascual de la muerte y resurrección de Cristo. Como nos decía el Papa Benedicto XIV: “El heroísmo de la vida cristiana no se identifica con el cumplimiento de actos excepcionalmente difíciles. La fidelidad cotidiana es la verificación más auténtica del heroísmo cristiano” . Es por eso que Madre Albertina decía entre sus máximas: “Que todo el día hay que buscar las Perlas de los sacrificios” , es decir que ningún acto quedase inutilizado por no ofrecerse a Dios y hacerse sin amor a Él. No perder las Perlas era para su mentalidad “hacer la voluntad de Dios aquí y ahora” . Ese valor de sacralizar lo “cotidiano”, de ofrecerlo, de guardarse nada para sí, se nos presenta admirablemente en una enseñanza de nuestra Madre: “Hasta alzar un alfiler puede ser un sacrificio por la salvación de las almas”, es decir, ofrecer pequeños sacrificios, pequeñas renuncias, mortificaciones y ayunos, en suma hacer todos nuestros actos, hasta los más comunes e insignificantes, por amor a Dios .

Prosiguiendo con el tema que abordamos en las páginas 29, 31, 32, 33, sobre la oración, hemos de agregar que el crecimiento en la vida espiritual trae consigo una purificación continuada y progresiva. Dicha purificación nos permite crecer en la unión con Dios, al igual que le permite a Dios el que tome posesión de nosotros cada vez más a través de Cristo. Todo lo anterior nos remite al papel de las virtudes teologales que todo cristiano recibe en forma de germen en el momento de su bautismo. Específicamente a la virtud de la fe, la cual no es un mero asentimiento intelectual a unas verdades, o un simple sentimiento insustancial, sino que más bien consiste en una búsqueda constante de la voluntad de Dios para así agradarle . En ese sentido, el proceso de purificación del que venimos hablando, abarca todo lo que nos limpia progresivamente del falso yo, el yo que actúa fuera de la voluntad de Dios, permitiéndole al verdadero yo que se asemeje cada vez más de manera creciente a Nuestro Señor Jesucristo. Cabe decir que la virtud teologal de la fe, adquirió en Madre Albertina muchas manifestaciones. Sin embargo debido a lo amplio del tema, nos centraremos en un único aspecto: el referido a su vida de oración. Ésta se expresaba como “una sencilla liturgia monacal”, pues ella ponía el acento en la participación plena, activa y consciente en la oración. Para ella, la liturgia debía concentrar en sí todo el honor, toda la belleza, todo el fervor y toda la perfección. Puso un acento privilegiado en el silencio de palabra y de cuerpo…quienes miraban a nuestra Madre después de recibir la eucaristía, quedaban admirados de su prolongado silencio que era una especie de experiencia transformativa, e incluso en la recitación de las oraciones, en los cantos; la importancia que le dio a los símbolos sagrados, etc. . Recordemos lo que al respecto nos decía Romano Guardini, quien a través de su experiencia ponía de relieve la relación del alma con el Dios escondido y tres veces santo. Además decía que para él la Liturgia era una especie de vida mística, plasmada en formas sensibles .

Continuando siempre con las diversas manifestaciones de la virtud de la fe en nuestra Madre y como producto de su intensa vida de oración, vamos ahora a destacar unas cualidades de ella que no podemos desconocer. El Padre Garrigou-Lagrange enumera varias cualidades que nacen de una fe robusta que se alimenta continuamente de la oración. Entre ellas hace mención de la Paciencia y la Mansedumbre. Ambas virtudes acompañaron a Madre Albertina durante toda su vida. Ante las injurias que padeció fue verdaderamente admirable la paciencia que demostró, la cual se manifestaba en su silencio y resignación. Dicha paciencia fue fruto de su continua oración . La mansedumbre fue para nuestra Madre, después de la oración, el medio más eficaz para la conquista espiritual. Dicha virtud encuentra su origen en la profunda paz del alma que verdaderamente está unida a Dios .

Thomas Merton enfatiza en uno de sus libros titulado “Espiritualidad en torno a la Biblia”, la importancia de la oración para disfrutar plenamente la relación con Dios y alcanzar esa intimidad y confianza que deseamos desarrollar con el Padre.

Para finalizar quiero traer a colación las palabras del teólogo Karl Rahner, quien refiriéndose al futuro del cristianismo dijo: “el cristiano del futuro o será un místico, es decir una persona que ha experimentado algo, o ya no será nada”. Así como lo que nos decía el Papa de inolvidable memoria Juan Pablo II: “La santidad es cumplir con alegría la voluntad de Dios en la propia vida”.


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